EL AGUJERO

 

 

 

Sinopsis

 

En los días previos al Día de Muertos, el Pachuco regresa a su pueblo natal, Pátzcuaro, en el estado de Michoacán, México,  después de haber tenido un pulso com los alambres de las fronteras y las balas de las autoridades de inmigración norteamericanas.  Ha sido una larga e incansable búsqueda del sueño que pensó que le sacaría de la penuria y el callejón sin salida que ejemplifica su pequeño pueblo.

 

Derrotado y "con el corazón cansado", su regreso dista mucho del recibimiento multitudinario con el que siempre soñó: algunos viejos amigos han muerto, el amor de su juventud se ha casado, y los que quedan, como su fiel amigo Chavita, le muestran -cual cruel espejo- las huellas que el tequila en el que se refugian para olvidar el vacío que sus vidas ha dejado en sus rostros.

 

Es la víspera del Día de Muertos, y el pueblo se prepara para festejar una de las tradiciones más arraigadas y mágicas de México, a la que confluye gente de todos los orígenes y procedencias atraídas más por la bulla y la juerga que por el significado de la fiesta en sí. Velando por orden están dos policías corruptos -Tachito y el Negro - quienes tienen otros "objetivos": buscan algún "perro de la calle" con "actitud sospechosa" que pueda asumir las culpas de un delito que ellos mismos perpetraron.

 

En la sórdida y maloliente cárcel del pueblo, esa noche se darán cita el Pachuco y Chavita, que como cada noche deambulan borrachos por las calles del pueblo; Marianito, el loquito del pueblo; Hilario, un camionero que es detenido por arremeter contra su mujer y su amante y a quienes ha pescado in fraganti; Jeff, un turista hippie norteamericano; Carlitos, un niño de buena cuna en estado de ebriedad que ha arrollado la comitiva de un funeral y Juan, un rocanrolero fracasado.

 

Poco a poco vamos conociendo, a través de sus respectivas historias, cómo dieron con sus huesos en la cárcel. encajando así -una a una- las pìezas del puzzle cuya imagen final es la de un México esencialmente machista, profundamente tradicional y tremendamente

corrupto. Una sociedad que celebra a sus muertos y se olvida de los "muertos vivientes".

 

De esta forma, vemos que los caminos que conducen al "agujero" pueden ser recorridos por cualquiera sin distinción de raza, clase

u origen. No es tanto un espacio físico delimitado por barras que define por negación lo que es nuestra libertad, sino una cárcel interior de la que sólo podemos escapar si, como el Pachuco, luchamos por encontrar nuestro sueño, aceptando todas sus consecuencias.

 

 

 

  

 

  

 

     

    

 

 

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